Después de que se terminó el mundo comprendí muchas cosas.
Fuimos una generación muy decadente y auto engañada.
No podíamos estar más equivocados.
Pero eso ya era lo menos importante.
Lo importante era seguir vivo, aunque no pareciera tener una finalidad.
Todos habían desaparecido, ciudades enteras, millones de personas que simplemente ya no estaban.
Yo sabía por qué quería seguir viviendo. Por qué para mí las cosas eran mejor así.
Digo estuve solo 32 años, no había mucha diferencia.
Aunque si extrañaba muchas cosas.
Extrañaba pasar días acostado viendo películas y series.
Extrañaba mis intentos diarios de hacer algo sobresaliente que siempre eran vencidos por la desidia o por la depresión.
Extrañaba poder tomar un baño largo con agua caliente mientras me fumaba un cigarro.
Extrañaba la comida rápida, pero extrañaba más cocinar con un gran repertorio de ingredientes a mi disposición.
Extrañaba todos mis vicios y malos hábitos.
Extrañaba despertar en situaciones confusas.
Pero sobre todo extrañaba a las mujeres.
Lo mejor y lo peor en lo que a mí respecta eran las mujeres.
Recuerdo la sonrisa de todas.
Recuerdo verlas despertar avergonzadas por no tener una sola gota de maquillaje en sus rostros.
Recuerdo como les molestaba mi actitud tan negativa, pero aun así siempre sacaban lo mejor de mí.
Recuerdo cuando se preocupaban de sobre manera, no las culpo, en aquel entonces hacia pendejadas a diestra y siniestra.
Pero todo eso se había acabado.
No más fiestas de cumpleaños.
No más comida rápida.
No más llamadas por las madrugadas.
No más conversaciones banales e intrascendentes.
Ahora pasaba mis días haciendo lo que siempre quise hacer y no pude, recorrer el mundo.
Por desgracia estaba atorado en el continente americano por mi falta de conocimiento en navegación y aviación. Pero tenía todo el tiempo del mundo para aprender a hacerlo.
Cada que entraba a una casa podía darme una impresión de la vida que tenían las personas que vivían ahí.
Podía imaginar cómo eran sus vidas diarias, sus alegrías, sus enojos, sus tristezas, hasta sus más oscuros secretos.
Rara vez se veía algún animal, generalmente veía aves, y otros animales que me parecía imposible identificar, quizás solo era mi imaginación jugando conmigo, no sabría decir a ciencia cierta si estaba desvariando o si en realidad era una liebre lo que había visto.
Me hacía pensar en el cuento de Alicia en el país de las maravillas, sabía que seguir a un conejo no sería bueno.
Por alguna extraña razón disfrutaba el vandalismo.
Le prendí fuego a varios edificios que me traían malos recuerdos.
Incendie la casa de una ex novia, la de un tipo que me caía mal y la de una profesora que me reprobó en la preparatoria.
Todo seguía igual, era un mal innecesario, porque realmente no era un mal.
Era un resentimiento absurdo que cargaba por años, después me dejo de importar ese tipo de actividades.
Cuando extrañaba a alguien visitaba sus casas.
Procuraba pensar en los buenos momentos antes de que todos desaparecieran.
Procuraba no pasar mucho tiempo en el mismo lugar.
Cuando lo hacía me sentía enfermo, sentía como envejecía lentamente, sentía como moría.
La curiosidad de conocer otros lugares me mantenía vivo, más que la idea de encontrar a otra persona, eso me parecía poco probable y aunque así pasara existían grandes posibilidades de que esa persona fuera poco grata o que se hubiese quebrado por la isolacion, en pocas palabras, un salvaje.
Así estaba bien.
¿Para qué complicarse?
Y los días pasaban, y nada cambiaba.
Enfermera: Doctor, disculpe que le pregunte, pero ¿qué haremos con el paciente en coma de la habitación 114?
La familia dejo de pagar los gastos y le está costando mucho al hospital.
Ya lleva en coma 2 años y no presenta mejorías.
Doctor: Mire señorita, el paciente de la habitación 114 no es un asunto de su incumbencia.
Ese hombre vale más vivo que muerto.